EL ANORMAL QUE CONVALIDÓ LA ARGENTINA EN LA ONU
Lukashenko, el 'granjero' populista, solitario y nostálgico de la Unión Soviética
Alexander Lukashenko, votando el día de las elecciones.
Simplificada hasta su mínima expresión geométrica, la caricatura de Alexander Lukashenko estampada en las pegatinas y globos de los jóvenes desafectos al régimen bielorruso se reduce a una circunferencia con tres líneas sesgadas de flequillo en lo alto y un bigotillo trapedoizal en el centro. Pese a la malévola intencionalidad del dibujante, el parecido con Hitler no debiera ofender a Lukashenko, que en 1995 afirmó que las políticas domésticas de Hitler no habían sido «del todo malas» para Alemania.
Aquélla fue una de las primeras salidas de tono que hicieron a Occidente tomar nota de lo que pasaba en esta pequeña república eslava encajonada entre Rusia y la Unión Europea que, pese al significado de su nombre (Rusia Blanca), se perfilaba ya como la más roja de las recién independizadas de Moscú. «Somos un país nostálgico de la URSS», dijo Lukashenko en una comparecencia ante la Duma de Moscú.
Populista al extremo, Lukashenko no duda en sustituir ocasionalmente el cetro por el palo de hockey ante las cámaras, o protagonizar sonadas apariciones públicas como la de la pasada Copa Davis, cuando le regaló un par de pistolas a los tenistas bielorrusos, Max Mirnyi y Vladimir Voltchkov, que vencieron a los pupilos de Emilio Sánchez Vicario. En una edición anterior ya les había agasajado con sendas dagas. «El siempre aparece cuando hay un triunfo de por medio para que la victoria se asocie con él», estima la periodista local Svetlana Kalinkina.
Quince años después de la caída del régimen comunista, Bielorrusia es la única república ex soviética que mantiene la bandera dibujada por los bolcheviques y la KGB. La mastodóntica y monocroma arquitectura de Minsk parece un espejismo de la URSS y la ausencia de reformas se traduce en el mantenimiento de fórmulas rurales nada rentables como los koljoz (granjas colectivas) y los sovjoz (granjas estatales).
Licenciado en economía agraria, Lukashenko dirigió entre 1986 y 1994 el sovjoz de Gorodiets en su región natal de Mogilov.Abocados a la autosubsistencia por la falta de inversión, los granjeros asalariados siguen loando hoy a su antiguo señor feudal.La frase «con él había más disciplina» es repetida como un mantra por todos los sovjozianos. Gracias a los suministros subvencionados de petróleo y de gas ruso, Lukashenko mantiene la economía dirigida y canta el milagro de la estabilidad frente a la caótica transición capitalista del vecino ruso. Con el 80% de las empresas en manos del Estado, los oligarcas y sus lujos siguen siendo una especie desconocida en Bielorrusia.
Con su peculiar ronquera, Lukashenko lleva la voz cantante en Bielorrusia desde hace 12 años. En 1994 ganó sus primeras presidenciales.Al frente de la comisión parlamentaria anticorrupción, Lukashenko acusó al entonces presidente Stanislav Shushkevich de meter mano en las arcas del Estado, y se embarcó en una campaña con su retórica más pedestre. Amenazó a sus rivales con expulsarlos «a los Himalayas» y dijo estar bajo amenaza de asesinato. En septiembre de 1995, ordenó abatir un globo aerostático pilotado por norteamericanos que había rebasado por error la frontera bielorrusa durante una competición deportiva. Ambos pilotos murieron. Después de expulsar a varios embajadores extranjeros (1998), jactarse de exportar armas a Irán, Irak y Sudán a finales de los 90, y proponer a Rusia, Ucrania y Yugoslavia formar una unión eslava tras los ataques de la OTAN contra el régimen de Belgrado, EEUU no tardó en engarzar a Minsk en su eje del mal.
El antioccidentalismo destilado por la televisión estatal, donde abundan programas antiBush (en uno emitido esta semana se recordaba la mala gestión de la tragedia del Katrina), parece haber calado en las mentes de su electorado más provecto. «Si nos ataca la OTAN, nos defenderemos hasta la última gota de sangre», afirma un profesor de la región de Mogoliov que no olvida el efecto destructivo de la invasión alemana (uno de cada cuatro bielorrusos murió en 1941).
Caprichosos referendos
Lukashenko se mantiene en el poder gracias a dos caprichosos referendos. Si con el primero (1996) extendió de cuatro a siete años los plazos del poder, con el segundo (2004) eliminó el límite de dos mandatos.
Fue en los años 1999 y 2000 cuando el régimen adquirió tintes draconianos después de que tres figuras opositoras y un periodista desaparecieran. Se habló de escuadrones de la muerte. Las técnicas de la siega desarrolladas en el sovjoz también son aplicadas con éxito por Lukashenko en el campo mediático, donde no existen cabeceras independientes en los quioscos.
Apenas 24 horas después de que Lukashenko fuera reelegido en 2001 en unas elecciones cuestionadas por la OSCE, las Torres Gemelas de Nueva York se desplomaban junto con toda una concepción de las relaciones internacionales. El mundo miró ese día hacia otro lado y la victoria de Lukashenko pasó desapercibida para el Pentágono, que ardía por uno de sus cinco costados.
Casi un lustro después, las cosas siguen igual en Bielorrusia pero no así en su contexto más inmediato. Las sucesivas revoluciones pacíficas que han desbancado a enquistados regímenes poscomunistas en Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguizistán (2005) han puesto al régimen de Lukashenko a la defensiva.
El granjero solitario llevó a Bielorrusia a su máximo nivel de aislamiento en 2002, cuando la UE vetó el visado a altos funcionarios bielorrusos y, al mismo tiempo, Rusia dio la espalda a Lukashenko después de que rechazara la propuesta de unión ruso-bielorrusa que, reformulada por el líder del Kremlin, Vladimir Putin, consistía de facto en una fagocitación. Firmado por Lukashenko y Boris Yeltsin en 1998, el polémico Tratado de Unión entre Rusia y Bielorrusia permanece en el limbo. «Eso es todo palabrería», reconoce Milinkevich, líder de la oposición. Y añade: «Rusia es un socio estratégico, pero al mismo tiempo hay que reestablecer las relaciones con Europa occidental. Y esto sólo lo puede hacer una Bielorrusia democrática. Nuestra coalición no está dispuesta a construir una unión incomprensible de estados ruso-bielorrusa. Hay que dedicarse a la integración económica. Estoy por la Realpolitik».
La retórica paternalista de Lukashenko no cala en una juventud que no se conforma con los bajos niveles de desempleo. Subrayadas con el lema Por Bielorrusia o Por la estabilidad, las vallas publicitarias con imágenes bucólicas de campesinos, militares o medallistas deportivos son los únicos carteles electorales en la capital. En esta campaña, sólo los caricaturistas más atrevidos han osado retratar a Lukasheko. Porque, como Mahoma, el Dios bielorruso no tiene rostro y está en todas partes.
Revoluciones de terciopelo y la gran Europa
Occidente ha señalado muy claro que Bielorrusia debe deshacerse de lo que se ha dado en llamar la última dictadura europea. El conflicto entre Rusia y Occidente en esa zona podría derivar en una colisión frontal. Lo que pasa es que el presidente de Bielorrusia Aleksandr Lukashenko no es lo mismo que el ex-presidente ucraniano Leonid Kuchma, y no tendría reparos en aplastar cualquier manifestación de protesta, especialmente, por parte de los jóvenes. Occidente podría intervenir en tal caso para prestar toda clase de ayuda, y Lukashenko pediría la asistencia de Moscú, la cual difícilmente podría denegársela. Tras la derrota rusa en Ucrania, Bielorrusia tiene para Moscú doble importancia. En plano de defensa, comunicaciones y acceso al enclave de Kaliningrado, Bielorrusia es prácticamente el último aliado ruso en el espacio postsoviético.
No creo que Rusia use su Ejército de forma abierta pero también existen las unidades especiales o las tropas de Interior. Moscú podría intervenir, si Lukashenko clama ayuda a voz en cuello y se hace obvio que Bielorrusia, una vez caído su régimen, se encamina tras Ucrania hacia la OTAN, sin Rusia. A lo largo de las fronteras rusas no habría nada más que la OTAN en este caso y la situación del enclave se complicaría drásticamente. Putin se vería sometido a una presión tremenda y tendría que pensar en el mantenimiento de la estabilidad política. Resignarse a la pérdida de Bielorrusia tras lo de Ucrania significa para Putin un nuevo golpe contra la reputación propia dentro del país.
La separación de Bielorrusia o una confrontación entre Rusia y Occidente a raíz de los acontecimientos en aquélla repercutirían enseguida en la situación interna de Rusia. Enfrentada a Occidente, Rusia no podría desarrollar la economía de mercado ni la democracia. Lo más probable es que Occidente se abstenga de intervenir, dejando que Bielorrusia permanezca con Moscú, pero en este caso se tomará un desquite en Ucrania, en el Báltico y en Georgia, y procurará atraer a su lado Azerbaiyán y Armenia, de manera que Rusia y Bielorrusia se verán rodeadas por la OTAN. En la actualidad, la Alianza Noratlántica no es amiga ni adversaria sino socia para Rusia, y ambas partes colaboran en muchos terrenos al margen de las contradicciones existentes. Habrá que olvidar tal cooperación por mucho tiempo, si en Bielorrusia se produce algún tipo de "revolución de terciopelo".
Si Rusia se dedica ya a establecer los contactos con los líderes de la oposición bielorrusa, algunos de los cuales residen actualmente fuera de su país, será posible evitar que el dilema se plantee en los términos de hoy: o una Bielorrusia de Lukashenko con Rusia, o una Bielorrusia sin Lukashenko y sin Rusia. Sería una tarea muy delicada y compleja porque Lukashenko ha colocado la oposición prácticamente fuera de ley. Entablar contactos con ella significa, en el caso de Moscú, actuar en contra del presidente activo, lo cual no es fácil.
Para que haya una revolución, incluso de carácter incruento, como las recientes revoluciones de terciopelo, se necesita un terreno bien abonado. Se requiere un régimen incapaz e impopular entre la mayoría aplastante de la población. Ucrania, por poner un caso, estaba escindida prácticamente en dos bandos cuando se inició la "revolución naranja". Si la mitad de la población niega su apoyo al régimen, es un síntoma alarmante y es cuando las fuerzas externas realmente pueden influir en la situación. En Rusia, por ejemplo, la mayor parte de la elite política y de la población, según demuestran los sondeos de opinión pública, se decanta hacia una postura todavía más estatalista que la que defiende el presidente, de modo que aquí no puede cuajar ninguna revolución de corte liberal. Más bien serán los nacionalistas, la izquierda radical quienes salgan a la calle, antes que la derecha. Tampoco podemos descontar la experiencia histórica. Los liberales de derecha rusos ocuparon en la década del 90 fuertes posiciones en el Gobierno y abortaron todas las reformas, provocando lógicamente un gran descontento entre los ciudadanos. En Ucrania y Bielorrusia no ha pasado así.
Rusia debería definirse y decidir con quién se queda. Personalmente, no veo otra opción sino avanzar junto con Occidente, en primer lugar, con la Gran Europa. Es necesario desarrollar las relaciones con la OTAN hasta un grado tal que el ingreso de los vecinos más próximos en esa organización deje de provocar miedo. La Alianza Noratlántica ya no sería en este caso una institución hostil para Moscú. Por cierto, es algo que depende tanto de la OTAN como de Rusia.
Una cooperación mejor, más amplia y más profunda no es un objetivo sino un proceso. Pero todo proceso ha de perseguir cierta meta. De lo contrario, la política corriente se limita a los pasos tácticos que no dejan ver la estrategia.
El tirano de Minsk responde: ¡Represión! ¡Represión!
Mientras tanto, en Bielorrusia, el gobierno ha decidido pasar a la línea dura. Pocas horas después del anuncio de los resultados en Kiev, Lukashenko designó un nuevo jefe de la administración presdencial: Viktar Shejman, conocido de la oposición bielorrusa por su sospechosa implicación en una serie de asesinatos políticos. Como prioridad absoluta: reconocer y truncar las tentativas occidentales de poner en crisis al régimen a través de “técnicas populistas”. De regreso de un encuentro con los colegas “revolucionarios” del régimen de Kiev, tres disidentes fueron enviados a prisión.
Sin embargo, en Minsk, Aleksander Atroshchankau, uno de los responsables del ZUBR, es instado a posicionarse junto a la Unión Europea respecto a la situación ucraniana y espera que cuando llegue el turno de Bielorrusia Solana no aparezca sólo para lo fácil.
Lukashenko, ha descartado personalmente la posibilidad en Bielorrusia de un “escenario tipo Ucrania” ya que las personas sabias saben como interpretar los errores de otros”. Esperamos que la Unión Europea y sus gobiernos sean más audaces que Lukashenko y no entren en juego en el último minuto del partido (como en Ucrania), para devolver la democracia a la práctica, congelada esta última en Bielorrusia. Es menester abatir el último tesela de dominio absoluto a dos pasos de los confines de la Europa de los veinticinco.
Alvaro Kröger con la colaboración del Sr. Jhon Patrick Ryan
lunes, 11 de diciembre de 2006
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